El mayor susto de mi vida

Hace un año mi padre recibió la peor noticia de su vida, la cual también nos afectó como familia. Mi viejo se empezó a sentir mal, decía que tenía dolores leves al orinar o que en ocasiones le costaba trabajo hacerlo pese a que tenía la sensación de querer expulsar el líquido, así que de inmediato lo llevamos al médico. Fuimos a una clínica particular que estaba cerca de nuestra casa y ahí el doctor comenzó a auscultarlo, sobre todo los riñones. Mi papá le explicó todos los síntomas que tenía y el médico le hizo un par de preguntas más. Nos dijo que no quería asustarnos pero que sus síntomas parecían de una infección urinaria pero sus riñones se sentían normales, así que nos envió a realizarle un ultrasonido de riñones y un antígeno prostático, lo que me puso la piel de gallina por el miedo, ya que sabía que la prueba de antígeno ayuda a detectar el cáncer de próstata.

Fuimos a un laboratorio a que le hicieran la prueba de antígeno, que se realiza a través de una muestra de sangre, ahí mismo nos dijeron que podían realizarle el ultrasonido y aprovechamos. En cuanto tuvimos los resultados fuimos con el médico para que los leyera y su cara nos iba dando pauta a los que sucedía dentro de su cabeza. Las cosas no iban bien. No quiso aventurarse a dar un diagnóstico, sólo nos mencionó que sus niveles de PSA estaban ligeramente elevados para su consideración, pero que sería mejor que fuera al urólogo o al proctólogo. Pedimos cita con el especialista de ese mismo hospital y nos la dieron un par de días después. A diferencia de su colega que nos atendió, este médico no tenía tacto alguno para decir las cosas y era un alarmista de primera. En cuanto vio los resultados dijo: “Tiene cáncer de próstata. Hay que empezar cuanto antes la radiación”. La piel de mi padre se volvió blanca y yo le seguí. Era la peor noticia de nuestras vidas. No rompimos en llanto en ese instante porque Dios es grande y nos dio fortaleza. Ninguno de los dos podía hablar y ese día no nos había podido acompañar mi madre ni mi hermana, que son las fuertes de la casa, mi padre y yo somos los sentimentales.

De pronto escuché como de mi boca salía que queríamos una segunda opinión. En seguida jalé a mi padre a la puerta y nos retiramos. Hablé con mi madre y ella contactó al médico de cabecera de la familia, que en seguida nos visitó. No era especialista en la materia pero trató de tranquilizarnos, aceptó que había la posibilidad de que sea cáncer, pero al no ser niveles muy elevados, no se podía saber con toda seguridad, por lo que tendría que someterse a una auscultación o a una biopsia. Pero no quería adelantarse y nos recomendó a alguien. El proctólogo recomendado empezó a analizar detalladamente los resultados y le dio un medicamento a mi padre, nos dijo que era para atacar una posible infección en los riñones y otro para desinflamar la próstata, y nos pidió visitarlo una semana después. Los síntomas fueron desapareciendo y no fue necesaria ninguna intervención física, el problema eran otros, pero el susto nadie nos lo quitaría jamás.

 

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